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Un gigante hospitalario sin camas, sin unidad y sin atención para la salud mental: La alarmante situación del Ángel María Gatón

El lanzamiento del nuevo Hospital Regional Universitario Dr. Ángel María Gatón ha sido presentado como una de las obras sanitarias más importantes para la región Nordeste. Modernas instalaciones, nuevas áreas de atención y mayores capacidades hospitalarias forman parte de las áreas inauguradas. Sin embargo, detrás de esta importante infraestructura emerge una preocupación que no puede ser ignorada: la aparente exclusión de la Unidad de Salud Mental dentro de la nueva estructura hospitalaria.

La situación ha comenzado a generar inquietud entre profesionales de la salud, ciudadanos y sectores sociales conscientes de la creciente crisis de salud mental que vive la región.

Resulta difícil comprender cómo, en pleno siglo XXI, cuando organismos internacionales advierten sobre el aumento de los trastornos depresivos, la ansiedad, las adicciones, la violencia social y los suicidios, una obra hospitalaria regional podría dejar relegada precisamente una de las áreas más sensibles y necesarias del sistema sanitario.

La Unidad de Salud Mental del Hospital Regional Universitario San Vicente de Paúl no representa un departamento cualquiera. Se trata de una dependencia con profunda trascendencia histórica y humana para toda la región Nordeste.

Fue fundada en 1992 por el reconocido psiquiatra Pedro Comprés, asistido por la destacada Dra. Josefina Brisman y por las damas Altagracia de Vargas y Francia Estrella de Marcelino, miembros del voluntariado del referido hospital.

Estos ciudadanos dieron vida a esta unidad médica, convirtiéndola en la primera de su tipo en la región Norte y la tercera en todo el país.

San Francisco de Macorís debe reconocer el legado del doctor Comprés, cuya unidad lleva su nombre por haber sido el principal artífice de planificar, estructurar y fundar este importante servicio especializado.

Su trayectoria trasciende las fronteras nacionales y lo posiciona entre los psiquiatras dominicanos más reconocidos.

Durante décadas, la Unidad de Salud Mental del San Vicente de Paúl brindó atención médica a miles de pacientes afectados por trastornos psicológicos y psiquiátricos, muchos de ellos provenientes de comunidades vulnerables sin recursos para acceder a tratamientos privados.

Con tan solo 8 camas disponibles para el ingreso, se prestaba atención entre 50 y 60 pacientes con depresión severa, esquizofrenia, trastornos de ansiedad, adicciones y múltiples condiciones emocionales al mes. Este fue el lugar oportuno para una atención digna y humana.

Distintos informes y parámetros técnicos utilizados por la OMS y especialistas internacionales suelen considerar como referencia funcional entre 30 y 60 camas psiquiátricas por cada 100 mil habitantes para garantizar una cobertura razonable

En República Dominicana, esa cifra se encuentra muy por debajo de los niveles recomendados. Esto significa que, en un país con más de once millones de habitantes, deberían existir entre 3,000 y 6,000 camas para responder adecuadamente a la demanda nacional. Sin embargo, actualmente se dispone de menos de 200 camas psiquiátricas en el sistema público.

Los ciudadanos de Duarte hoy se hacen una pregunta legítima: ¿cómo puede concebirse un hospital regional moderno excluyendo un departamento de salud mental tan importante para la población? ¿Acaso el Ministerio de Salud Pública aprobaría o acreditaría un hospital de este nivel sin contar con espacios adecuados para estos fines?

¿Dónde han migrado los pacientes que de manera recurrente acudían al viejo hospital para continuar sus seguimientos médicos? La preocupación adquiere mayor dimensión cuando se observa la realidad social actual. La salud mental se ha convertido en uno de los principales desafíos sanitarios del mundo contemporáneo.

El aumento de la violencia intrafamiliar, el consumo de sustancias narcóticas, los episodios depresivos en jóvenes, la ansiedad infantil y los trastornos emocionales asociados a las crisis económicas y sociales hacen indispensable fortalecer, y no debilitar, este tipo de servicio especializado.

A esto se suman rumores cada vez más insistentes sobre la supuesta habilitación de apenas dos camas en el Hospital Federico L. Lavandier para atender pacientes psiquiátricos. Además, se habla de una sala mixta donde podrían coincidir pacientes con distintas patologías y de sexos opuestos, lo que incrementa aún más la preocupación de los ciudadanos de Duarte. De confirmarse esta información, representaría un enorme desafío tanto ético como médico para el personal encargado de brindar atención especializada.

La atención psiquiátrica requiere condiciones particulares de seguridad, privacidad, supervisión y manejo clínico. Colocar pacientes con trastornos mentales en espacios improvisados o insuficientes no solo compromete la calidad del servicio, sino también la dignidad humana de quienes requieren este tipo de asistencia.

Quien dirige este importante departamento de salud mental tiene el deber moral y profesional de exigir que esta situación sea corregida lo antes posible.

Debe saber que para esto cuenta con una población que tiene la obligación de apoyar su gestión. No se trata de una simple área complementaria del sistema hospitalario, sino de un servicio esencial para miles de familias de toda la región Nordeste y el país.

Durante décadas se logró construir un espacio relativamente funcional para dar respuesta a una demanda creciente.

Hoy, lamentablemente, parecería que se pretende pasar de una importante conquista sanitaria a una verdadera migaja hospitalaria.

Actualmente, solo se cuenta con los servicios de consulta de una psiquiatra en el Ángel María Gatón, mientras otras continúan ofreciendo servicios ambulatorios en el San Vicente de Paúl.

Esta unidad no solo atendía pacientes ingresados. También ofrecía seguimiento permanente a numerosos ciudadanos que mensualmente acudían a recibir terapias y atención especializada para mantener estabilidad emocional y psiquiátrica.

Muchos de estos pacientes dependían directamente del sistema público para continuar sus tratamientos y evitar recaídas severas.

Actualmente, gran parte de esas personas ha quedado prácticamente abandonada a su suerte, enfrentando enormes dificultades para acceder a medicamentos, terapias y consultas que requieren de manera continua. Esta situación no solo representa un problema médico, sino también una seria preocupación social y humana.

La salud mental constituye un derecho fundamental que debe ser garantizado por el Estado de manera digna, continua y accesible.

Cuando el sistema público se debilita en esta área, se abre una peligrosa brecha entre el deterioro psíquico de los pacientes y la capacidad real de recibir atención médica oportuna.

Paradójicamente, mientras muchos países avanzan hacia modelos integrales de atención psicológica y psiquiátrica, en San Francisco de Macorís pareciera reducirse la posibilidad de contar con espacios destinados precisamente a la atención emocional y mental de la población.

Más preocupante aún resulta el silencio institucional que rodea el tema. Hasta el momento, amplios sectores de la ciudadanía desconocen si la nueva infraestructura hospitalaria contempla verdaderamente una unidad especializada de salud mental con capacidad funcional, personal médico suficiente y espacios adecuados para hospitalización, consultas y seguimiento terapéutico dentro de las áreas que aún permanecen en construcción.

La omisión de esta área podría interpretarse como una grave desconexión entre las políticas públicas y las verdaderas necesidades sociales de la población.

A parte de que el nuevo hospital no tendría una adecuada habilitación sin contar con este importante espacio. Las enfermedades mentales enferman familias, destruyen vidas y afectan profundamente el tejido social. Ignorar esta realidad solo incrementa los niveles de exclusión, violencia y deterioro humano.

Hoy más que nunca, las autoridades sanitarias tienen el deber moral y social de aclarar públicamente cuál será el destino de la Unidad de Salud Mental y garantizar que esta no desaparezca ni sea reducida dentro del nuevo Hospital Regional Dr. Ángel María Gatón.

Entendemos que un hospital moderno no se mide únicamente por sus paredes o equipos tecnológicos, sino también por su capacidad de atender integralmente al ser humano, incluyendo aquello que muchas veces no se ve: la salud emocional y mental de su gente.

 

 

Fuente
Rafael Sanz

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