Por Rafael Sanz (CDP)
A propósito de un reciente artículo publicado en el periódico Hoy, por el señor: Luis Felipe Rosa, en el que se afirma que San Francisco de Macorís carece de rumbo, considero oportuno aportar algunas reflexiones sobre una realidad que, por su trascendencia, merece ser examinada más allá de las percepciones individuales y las diferencias que puedan existir entre los actores de nuestra sociedad.
La afirmación de que San Francisco de Macorís no tiene rumbo constituye una expresión contundente que, aunque invita a la reflexión, podría conducirnos a una interpretación incompleta de su realidad. No podemos confundir la ausencia de desarrollo con las deficiencias en la planificación de ese desarrollo. Son dos situaciones distintas, cuyas causas y consecuencias requieren análisis diferentes.
Nuestra ciudad ha experimentado durante las últimas décadas una transformación económica, comercial, inmobiliaria, financiera y educativa que resulta difícil desconocer. La expansión de sus actividades productivas, el crecimiento de sus instituciones y el dinamismo de la iniciativa privada evidencian una sociedad que ha sabido generar oportunidades y proyectarse más allá de sus límites territoriales.
Sin embargo, debemos reconocer que ese crecimiento no siempre ha estado acompañado de una planificación urbana proporcional a sus necesidades. La expansión residencial, la presión sobre los servicios públicos, las dificultades del tránsito, la insuficiencia del drenaje pluvial y las limitaciones de la infraestructura vial constituyen desafíos que demandan respuestas integrales y sostenidas.
Precisamente ahí radica una de las principales cuestiones que debemos examinar: San Francisco de Macorís no carece necesariamente de rumbo; lo que necesita es fortalecer la capacidad institucional para conducir, ordenar y sostener su crecimiento.
Atribuir las dificultades de una ciudad a los egos, las rivalidades políticas o los intereses económicos de sus dirigentes puede resultar una explicación atractiva, pero insuficiente desde una perspectiva de desarrollo territorial.
Las ciudades no se transforman exclusivamente por la voluntad de sus líderes. Su evolución responde a procesos históricos, decisiones económicas, políticas públicas, inversiones, localización estratégica, condiciones sociales y mecanismos de participación ciudadana.
Resultaría injusto colocar bajo una misma valoración a todos los sectores que intervienen en la vida francomacorisana, sin distinguir los aportes realizados, las responsabilidades institucionales y las limitaciones que enfrenta cada uno.
Es necesario reconocer que numerosas organizaciones empresariales, profesionales, educativas, comunitarias y sociales han contribuido, desde sus respectivos espacios, al fortalecimiento de nuestra ciudad. Sus reclamos y los resultados obtenidos pueden ser objeto de evaluación, pero sus esfuerzos no deberían desaparecer detrás de una generalización.
Tampoco podemos ignorar que muchas de las grandes obras que demanda San Francisco de Macorís dependen fundamentalmente de decisiones del Gobierno central. La ampliación de la carretera que nos conecta con Controba, el saneamiento del río Jaya, la construcción de la marginal del Jaya, la Casa de la Cultura, la modernización de los sistemas sanitarios y otras infraestructuras estratégicas requieren inversiones que sobrepasan la capacidad financiera del gobierno municipal.
Por tanto, hablar de responsabilidades exige identificar quién debe planificar, quién debe financiar, quién debe ejecutar y quién debe fiscalizar.
Otro aspecto que merece atención es la afirmación de que los organismos de desarrollo y sus planes estratégicos constituyen simples estructuras decorativas. Nuestra ciudad cuenta con instrumentos de planificación municipal, incluyendo iniciativas de ordenamiento territorial y planes de desarrollo.
La existencia de estos organismos constituye una voz importante para impulsar las demandas de la población, darles seguimiento e insistir en la inclusión de los proyectos en el presupuesto nacional. Una vez incluidos, aumentan sus posibilidades de ejecución. Sin embargo, hay ocasiones en que, aun contando con los recursos presupuestados, los gobiernos deciden favorecer otras prioridades.
La verdadera discusión debería concentrarse en determinar qué proporción de esos planes se ha ejecutado, cuáles proyectos permanecen pendientes, qué recursos se han destinado a ellos y qué mecanismos de seguimiento existen.
Un plan que permanece archivado no transforma una ciudad. Pero tampoco podemos desconocer su existencia cuando lo que corresponde es exigir su cumplimiento. Necesitamos pasar de la planificación declarativa a una cultura de ejecución, evaluación y rendición de cuentas.
Las convocatorias a paralizaciones también merecen una reflexión equilibrada. Es cierto que las huelgas pueden generar consecuencias económicas y sociales que afectan particularmente a los sectores más vulnerables. Sin embargo, reducir estas manifestaciones a rivalidades entre organizaciones podría conducirnos a ignorar las demandas que les dan origen.
La historia de San Francisco de Macorís está vinculada a importantes movimientos sociales que han contribuido a colocar necesidades colectivas en la agenda pública.
Eso no significa que todos los métodos de protesta sean igualmente oportunos o efectivos. Las organizaciones populares también tienen la responsabilidad de revisar sus estrategias, fortalecer su representatividad y procurar mecanismos que permitan alcanzar resultados sin ocasionar perjuicios innecesarios a la población.
Pero esa misma responsabilidad corresponde a las autoridades, que deben garantizar espacios permanentes de diálogo, respuestas oportunas y cumplimiento de los compromisos asumidos.
El desarrollo necesita tanto de la iniciativa empresarial como de la participación comunitaria. Ninguna de las dos debería considerarse excluyente.
Más que insistir en si nuestra ciudad tiene o no rumbo, considero necesario preguntarse qué San Francisco de Macorís desea construir durante los próximos quince años.
¿Queremos una ciudad que continúe expandiéndose sin suficiente infraestructura sanitaria? ¿Un municipio donde el crecimiento inmobiliario avance sobre terrenos agrícolas sin criterios claros de ordenamiento? ¿Una economía dinámica que conviva permanentemente con dificultades de movilidad, contaminación y deterioro ambiental?
Estas interrogantes deben conducirnos a la formulación de una agenda de prioridades que trascienda los períodos gubernamentales y los intereses particulares.
Asimismo, resulta imprescindible que las instituciones de desarrollo dispongan de mecanismos efectivos de seguimiento, indicadores de cumplimiento y espacios donde los distintos sectores puedan evaluar periódicamente los avances.
No necesitamos comenzar desde cero cada vez que cambia una administración. Necesitamos continuidad, responsabilidad y compromisos verificables.
Las comparaciones entre ciudades deben realizarse con prudencia, considerando sus particularidades históricas, económicas y sociales. Santiago ha experimentado avances importantes durante las últimas dos décadas, pero también mantiene demandas comunitarias e infraestructuras pendientes. Licey al Medio, perteneciente a esa provincia, constituye un ejemplo de las reivindicaciones que todavía persisten. Por tanto, reconocer los avances de una ciudad no implica desconocer sus dificultades ni utilizar sus logros para descalificar a otras.
San Francisco de Macorís tiene desafíos que no podemos ignorar, pero también una trayectoria de trabajo, emprendimiento y participación social que merece ser reconocida. Nuestro mayor reto no es encontrar un rumbo desde la negación de lo construido, sino fortalecer una visión compartida que permita transformar el crecimiento económico en desarrollo organizado y bienestar colectivo.
