El liderazgo en crisis intensiva

Por Rafael Sanz

CDP

Quienes hemos dedicado años a observar el funcionamiento de las organizaciones y sus líderes, podemos argumentar sobre una gran crisis del liderazgo. Fenómeno este que no es aislado ni sectorial. No pertenece exclusivamente a la política, al mundo empresarial o a las instituciones eclesiásticas. Es un fenómeno transversal que permea prácticamente todos los espacios donde un ser humano ejerce algún grado de autoridad sobre otro. Lo inquietante no es solo su existencia, sino su persistencia silenciosa y su capacidad de normalizarse.

En el ámbito empresarial, no son pocos los directivos que, en nombre de la competitividad, terminan justificando prácticas que comprometen la ética organizacional. Los resultados financieros se convierten en el criterio supremo de éxito, aun cuando el costo sea el deterioro de la confianza, la dignidad de las personas o la cultura institucional. Bajo esta lógica, el crecimiento deja de ser una consecuencia del buen liderazgo para convertirse en un fin que parece justificar cualquier medio.

En la esfera política, el escenario resulta igualmente preocupante. La confianza ciudadana, fundamento esencial de toda democracia, suele transformarse en un recurso instrumental para acceder al poder, más que en un compromiso real para ejercerlo con integridad. Las campañas despiertan esperanza; mismas que se desvanecen cuando los ciudadanos ven que al llegar al poder, lo prometido ya no es deuda. Este fenómeno produce desencanto. Mientras el ciudadano esperaba servicio, encuentra intereses particulares o personales.

Esto conlleva al quiebre de la confianza depositada. ´´promesas incumplidas´´. La consecuencia no es solo la decepción con el líder, sino el progresivo debilitamiento de la credibilidad institucional y personal. A pesar de que, a muchos, esto no les importa.

En el complejo laberinto de la política suele repetirse una expresión que revela una peligrosa resignación: “la política lo permite todo”. Bajo esta lógica, los grupos se preparan no solo para competir por el poder, sino para ejercerlo conforme a intereses previamente definidos. En este escenario, el poder y los recursos económicos tienden a entrelazarse de manera estructural: el poder sin recursos pierde capacidad de acción, mientras que los recursos sin poder carecen de protección institucional. Cuando esta interdependencia no está regulada por principios éticos sólidos, el resultado es la erosión progresiva de la confianza pública.

Las organizaciones religiosas tampoco están exentas de este desafío. En muchas de ellas existe un liderazgo genuinamente comprometido con el servicio y la formación espiritual. Sin embargo, también pueden surgir dinámicas en las que la preservación de la influencia institucional o personal termina ocupando un lugar que debería corresponder a la libertad de conciencia y al desarrollo pleno de la comunidad. Cuando la fidelidad se mide exclusivamente en términos de obediencia, y el cuestionamiento se interpreta como deslealtad, el liderazgo corre el riesgo de desplazarse desde el servicio hacia el control.

Lo verdaderamente significativo es que estos escenarios, aunque distintos en su forma, comparten una misma lógica interna: la prioridad de conservar el poder termina imponiéndose sobre el compromiso de formar personas capaces de pensar, decidir y actuar con autonomía moral.

Tal vez ahí resida una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo. Muchos luchan por alcanzar posiciones de autoridad convencidos de que desde ellas podrán transformar la realidad. Sin embargo, una vez instalados en esos espacios, una gran cantidad termina dedicando más energía a preservar el sistema que prometieron cambiar, que a transformarlo realmente. En ese proceso, el poder deja de ser un instrumento de transformación social para convertirse en un mecanismo de autopreservación.

Esta es, quizá, la forma más sutil de traición. No se trata únicamente de incumplir promesas, alterar indicadores o desvirtuar misiones institucionales. La traición más profunda ocurre cuando la confianza depositada por otros es utilizada para consolidar intereses personales, debilitando precisamente a quienes hicieron posible esa posición de autoridad, sin importar el mecanismo mediante el cual se haya alcanzado.

Con el paso del tiempo, estas dinámicas dejan de percibirse como excepciones y comienzan a integrarse en la cultura organizacional. Las nuevas generaciones ingresan a instituciones donde aprenden que el silencio puede ser más rentable que la verdad, que la lealtad personal pesa más que la competencia profesional y que la permanencia en el poder es más valiosa que la integridad. Cuando una cultura llega a ese punto, el problema deja de ser individual: se convierte en estructural.

Por eso resulta insuficiente hablar simplemente de una crisis de liderazgo. Lo que enfrentamos es una crisis de principios morales en el ejercicio del poder. Allí donde la ética deja de orientar la acción, el liderazgo pierde su esencia y se transforma en una sofisticada estrategia de control. Una organización puede sobrevivir durante años bajo ese esquema, pero difícilmente logrará construir un legado que trascienda a quienes la dirigen.

Al final, deseo que reflexiones sobre lo siguiente: en un mundo donde la mayoría persigue sus propios intereses, ¿es posible formar seres humanos cuyo carácter sea suficientemente sólido para resistir la tentación del poder cuando este finalmente llegue a sus manos?

No podemos olvidar que toda sociedad es, en esencia, el reflejo del sistema de valores que sus ciudadanos practican y toleran en un contexto histórico. Con el paso del tiempo, conductas y principios que objetivamente contradicen la ética terminan siendo aceptados como normales o incluso legítimos. Lo más preocupante es que, aunque muchas personas reconocen en su fuero interno que esas prácticas se apartan del bien común, terminan aceptándolas por costumbre, conveniencia o resignación. Así comienza el deterioro de una sociedad.

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Rafael Sanz
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