De Piaget a Freire: la escuela que tenemos y el ciudadano que estamos formando

Por Rafael Sanz

(CDP).

Cada año, miles de jóvenes dominicanos concluyen su trayectoria escolar con un diploma que los acredita como nuevos bachilleres. Sin embargo, existen serios cuestionamientos sobre la calidad de esos egresados, quienes representan la base de los futuros profesionales que ingresarán a los distintos espacios de educación superior, es decir, a las universidades.

Puede afirmarse que existe una creciente preocupación social en torno a este tema. La inquietud surge de las debilidades académicas que evidencian muchos de estos egresados y plantea una interrogante fundamental: ¿están realmente preparados para comprender el mundo que los rodea, resolver problemas complejos y contribuir al desarrollo de sus comunidades?

Las estadísticas sobre analfabetismo funcional, los bajos resultados en evaluaciones nacionales e internacionales y las dificultades para insertarse en una economía cada vez más tecnológica sugieren que la respuesta no siempre es afirmativa. El problema, sin embargo, va más allá de los recursos, la infraestructura o el presupuesto educativo. Para comprenderlo, es necesario mirar hacia el interior de la escuela y revisar las ideas que han moldeado nuestra forma de enseñar durante décadas.

La historia de la educación latinoamericana puede entenderse como una sucesión de intentos por responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo aprenden las personas? Cada respuesta ha dado origen a modelos pedagógicos distintos que, lejos de sustituirse por completo, han terminado coexistiendo dentro de las aulas. El resultado es una combinación de enfoques que, en muchas ocasiones, genera más contradicciones que soluciones.

La escuela tradicional apostó por la transmisión del conocimiento y la disciplina; el conductismo buscó organizar el aprendizaje mediante objetivos y resultados observables; el cognitivismo intentó comprender los procesos mentales que intervienen en la adquisición del conocimiento; el constructivismo colocó al estudiante en el centro del proceso educativo; y las corrientes experienciales propusieron aprender a través de la acción y la experiencia.

Cada uno de estos modelos ha aportado elementos valiosos al desarrollo de la educación. La situación surge cuando se aplican de manera fragmentada, sin una visión coherente y sostenida de país, y sin considerar las condiciones sociales que influyen en el aprendizaje.

Cuando esto ocurre, los esfuerzos terminan reduciéndose a simples intentos. Así, no resulta extraño encontrar escuelas que promueven el aprendizaje activo mientras evalúan exclusivamente mediante la memorización, o currículos que fomentan la creatividad dentro de estructuras rígidas que dejan poco espacio para la innovación.

Paulo Freire advertía que la educación no puede separarse de la realidad social que la rodea. Esa afirmación conserva plena vigencia en la República Dominicana. Ninguna metodología, por moderna que parezca, podrá transformar la educación si los estudiantes enfrentan condiciones de vulnerabilidad, si los docentes carecen del acompañamiento necesario o si la escuela permanece desconectada de las necesidades reales de la sociedad.

La gran paradoja de nuestro sistema educativo es que dispone de una enorme riqueza teórica, pero encuentra dificultades para traducirla en resultados concretos dentro del aula. No faltan modelos pedagógicos; falta coherencia entre ellos. No faltan discursos innovadores; falta capacidad para convertirlos en experiencias de aprendizaje verdaderamente significativas.

Sin duda, una parte importante de la responsabilidad recae en la planificación, la organización y las decisiones del órgano rector del sistema educativo, el Ministerio de Educación de la República Dominicana (Minerd). Se observa una constante implementación de procesos y reformas que, en muchos casos, no llegan a evaluarse de manera adecuada, impidiendo determinar si los resultados obtenidos corresponden realmente a los objetivos planteados.

La discusión educativa del siglo XXI no debería centrarse en decidir si Piaget tenía razón o si Freire ofrecía una mejor alternativa. El verdadero desafío consiste en preguntarnos si estamos formando ciudadanos capaces de pensar críticamente, adaptarse al cambio, convivir en sociedad y construir soluciones para los desafíos de su tiempo.

Al final, la calidad de un sistema educativo no se mide por la cantidad de teorías que conoce, sino por el tipo de ciudadano que es capaz de formar.

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Rafael Sanz
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